Escritos diversos


 ¿Sabías que en el siglo segundo una forma que tenían los romanos de burlarse de los cristianos era representando a Cristo con una cabeza de asno? Te comparto el siguiente texto donde lo explican:

Pues, como algún otro, habéis soñado que una cabeza de asno es nuestro dios. La sospecha de este culto la sembró Comelio Tácito. Éste, en el cuarto libro de sus Historias, al tratar de la guerra judaica, comenzando desde el origen de este pueblo y argumentando como quiso, tanto acerca del origen mismo como de su nombre y religión, cuenta que los judíos, liberados de Egipto, o —como él creía— desterrados, al ser atormentados por la sed en los vastos desiertos de Arabia, utilizaron asnos salvajes —que, según ellos pensaban, irían a beber después de pastar—, como indicio de la existencia de una fuente, y que por este favor habían divinizado la parte superior de semejante animal. Así que de ahí supongo que surgió la idea de que también a nosotros, como afínes a la religión judaica, se nos inicia en el culto del mismo ídolo... Pero una nueva representación de nuestro Dios se ha presentado públicamente hace poco en esta ciudad, cuando un canalla mercenario, pagado para provocar a las fieras, expuso al público una pintura con la siguiente inscripción: «El dios de los cristianos, raza de asno». Tenía orejas de burro, una pezuña, y —revestido de toga—llevaba consigo un libro. Apologético capítulo 16. Tertuliano, año 197.

Pocas personas saben que una de las representaciones más antiguas que conocemos de la crucifixión de Cristo no es una hermosa imagen del Señor, ni siquiera un intento piadoso de los primeros cristianos por recordar a Jesús en su Pasión. Es, por el contrario, una burla: un crucificado con cabeza de asno. Se encuentra en Roma, y fue dibujada por algún desconocido para burlarse de Alexámenos –un joven cristiano– por su fe en Cristo. Debajo del dibujo aún se puede leer la siguiente inscripción en griego: “Alexámenos adorando a su Dios”. Tomado de https://www.primeroscristianos.com/alexamenos-adorando-a-su-dios-graffiti-del-siglo-i-en-roma/amp/

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 Estas son algunas acusaciones que se les hacía a los cristianos en el siglo segundo, narrado por el apologista tertuliano:

si es verdad que somos tan dañosos, ¿por qué razón vosotros mismos nos tratáis de modo distinto que a nuestros semejantes -los demás delincuentes- siendo así que debería darse el mismo tratamiento a quienes son igualmente culpables?. Cuando otros son acusados de los crímenes de los que se nos acusa a los cristianos, pueden defenderse personalmente o pagando a un defensor para probar su inocencia; se les ofrece la oportunidad de replicar, de impugnar, ya que no es en absoluto licito condenar a nadie sin oir su defensa. Solamente a los cristianos se les impide dar a conocer lo que podría refutar la acusación, defender la verdad e impedir que la actuación del juez sea injusta; lo único que se pretende es satisfacer un odio público: conseguir la confesión de un nombre, no investigar un crimen. Cuando procesáis a algún delincuente, no estáis dispuestos a pronunciar sentencia inmediatamente después de que el acusado se confiese homicida, o sacrilego, o culpable de incesto, o enemigo público (por no citar más que los delitos de los que se nos inculpa), sino que averiguáis las circunstancias, el carácter del hecho, el número, el lugar, el modo, el tiempo, quiénes son los testigos y los cómplices. Cuando se trata de nosotros no hay nada de esto, y eso que sería muy interesante conseguir por medio de torturas la confesión de aquello de lo que falsamente se nos acusa: saber cuántos infanticidios ha saboreado cada uno, cuántos incestos ha cometido aprovechando la oscuridad, qué cocineros, qué perros han estado presentes. ¡Qué gloria la del gobernador que descubriera a alguno que ya se hubiera comido cien niños! Pero en cambio, tenemos pruebas de que incluso se ha prohibido que se nos busque. Pues Plinio Segundo, cuando era gobernador, después de condenar a algunos cristianos y de haber hecho renegar a otros, desconcertado sin embargo por lo crecido del número, consultó al emperador Trajano la conducta a seguir en adelante, diciendo que —aparte de la obstinación en no ofrecer sacrificios— no había descubierto nada de su actividad religiosa, sino solamente que se reunían antes del amanecer para cantar alabanzas a Cristo como a Dios y vincularse a unos principios que les prohibían el homicidio, el adulterio, el fraude, la traición y los demás crímenes. Entonces Trajano respondió por escrito que no se les buscara, pero que (si se les llevaba al tribunal) había que castigarlos. ¡Extraña decisión, forzosamente perturbadora! Dice que no se les debe buscar, como inocentes que son, y ordena que se les castigue como a culpables. Perdona, y se ensaña; pasa por alto, y castiga. ¿Por qué te contradices a ti mismo en tu dictamen? Si los castigas, ¿por qué no los buscas también? Si no los buscas, ¿por qué no los perdonas?... ¿Qué decir del hecho de que a la mayoría les ciega el odio? Hasta tal punto que, al hablar bien de algún cristiano, añaden al reproche del nombre: «buena persona Gayo Seyo, sólo que es cristiano». Y otro: «me admira que Lucio Ticio, un hombre prudente, de pronto se haya hecho cristiano». Nadie piensa en cambio que la razón de que sea bueno Gayo y prudente Lucio es el ser cristiano; o que es cristiano porque es prudente y porque es bueno... Otros llenan de infamia a quienes tenían por frívolos, despreciables o malvados antes de su conversión, cuando los alaban: la ceguera de su odio les obliga a dar contra su voluntad una opinión favorable. «Aquella mujer tan lasciva, tan ligera; aquel muchacho tan amante del juego, tan enamoradizo: ahora se han hecho cristianos». Así se atribuye al nombre de cristiano la enmienda. Algunos sacrifican incluso sus propios intereses a este odio; soportan un daño con tal de no tener en casa lo que odian. A la mujer que ya es honrada, el marido, que ya no tiene celos, la arroja de su casa; al hijo que ya es dócil, el padre, que antes lo había soportado, lo deshereda; al esclavo que se vuelve fiel, su señor, en otro tiempo afable, lo hace apartar de su vista. Todo el que se enmienda por esta causa incurre en culpa. ¡El bien no pesa tanto como el odio hacia los cristianos!. Capítulos 2 y 3 Apologético. Tertuliano año 197. 

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 Uno de los testimonios más impresionantes de Ireneo en cuanto a la vigencia de los dones del Espíritu y sus manifestaciones poderosas en la iglesia de sus días es aquel en el que rebate el argumento de los herejes haciendo referencia al ministerio poderoso de la Iglesia: "Por lo tanto, también, aquellos que en verdad son sus discípulos, recibiendo gracia de parte de Él, de veras llevan a cabo [milagros] en su nombre, de modo de promover el bienestar de otros hombres, conforme al don que cada uno ha recibido de Él. Porque algunos de cierto y verdaderamente echan fuera demonios, de modo que aquellos que han sido limpiados así de espíritus malos frecuentemente creen [en Cristo] y se unen a la Iglesia. Otros tienen preconocimiento de cosas venideras: ven visiones, y declaran expresiones proféticas. Aun otros sanan a los enfermos imponiendo sus manos sobre ellos, y son sanados. Sí, todavía más, como he dicho, incluso los muertos han sido resucitados, y permanecen entre nosotros por muchos años. ¿y qué más diré? No es posible nombrar el número de los dones que la Iglesia, [esparcida] a lo largo de todo el mundo, ha recibido de Dios, en el nombre de Jesucristo, quien fue crucificado bajo Poncio Pilato, y que ella ejerce día por día para el beneficio de los gentiles, sin practicar engaño sobre nadie, ni tomar ninguna recompensa de ellos (en razón de tales interposiciones milagrosas]. Porque así como ella ha recibido gratuitamente de parte de Dios, también gratuitamente ministra [a los demás". Comentando este pasaje de Ireneo, W.W. Harvey nota:

"El lector no dejará de notar este testimonio sumamente interesante, de que los charismata divinos concedidos sobre la joven Iglesia no estaban del todo extinguidos en los días de Ireneo. Posiblemente el venerable Padre está hablando desde su propio recuerdo personal de algunos que habían sido resucitados de los muertos, y habían continuado por un tiempo siendo testigos vivientes de la eficacia de la fe cristiana" Sin embargo, Ireneo no está hablando solamente del pasado en este pasaje. Con la larga lista de dones espirituales que presenta, es claro que él está hablando de las maneras en las que Cristo ministra a la humanidad a través de su Iglesia en el presente. La lista de dones y operaciones del Espíritu que presenta Ireneo como vigentes en la Iglesia es impresionante. Incluye dones como la capacidad de echar fuera demonios, el conocimiento del furturo, visiones y profecías, y todo esto junto con sanidades y milagros, como la resucitación de muertos. Tomado del libro La acción del Espíritu Santo en la historia. Pablo Deiros 

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 ¿Creía la iglesia después de la muerte de los apóstoles que Jesús era Dios? A continuación, las palabras de Ireneo, Obispo de Lion en el año 195 d.C y quién fuera discípulo de Policarpo que a su vez lo fue del apóstol Juan:

El Padre, pues, es Señor y el Hijo es Señor; es Dios el Padre y lo es el Hijo... Así según la esencia de su ser y de su poder, hay un solo Dios; pero, al mismo tiempo, en la administración de la economía de nuestra redención, Dios aparece como Padre y como Hijo. Y dado que el Padre del Universo es invisible e inaccesible a los seres creados, es por medio del Hijo como los destinados a acercarse a Dios deben conseguir el acceso al Padre. David, clara y patentemente, se expresó de este modo a propósito del Padre y del Hijo: Tu trono, oh Dios, permanece para siempre; tú has amado la justicia y detestado la iniquidad, por eso Dios te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros. 

Esto significa que el Hijo, en cuanto Dios, recibe del Padre, es decir, de Dios, el trono de un reino eterno y el óleo de la unción más que sus compañeros. El óleo de la unción es el Espíritu Santo con el que es ungido, y sus compañeros son los profetas, los justos, los apóstoles y todos los que participan del reino, es decir, sus discípulos. Cap 47, Demostración de la enseñanza apostólica. 

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 En la disputa que tienen algunas doctrinas erradas sobre la trinidad, está el argumento de que los cristianos primitivos no la enseñaron, sin embargo, hay bastante evidencia de lo contrario, en esta ocasión les comparto estas palabras de Ireneo Obispo de Lión, quien fuera discípulo de Policarpo, y éste a su vez del apóstol Juan. A continuación describe al Espíritu Santo como persona y al mismo Jesús como Dios, leamos:

*Por esto dice el Espíritu Santo por medio de David*: Dichoso el hombre que no ha caminado en el consejo de los impíos (Sal 1,1), es decir, en el consejo de los pueblos que no conocen a Dios; de hecho, impíos son aquellos que no veneran a Aquél que es, por naturaleza, Dios. *De ahí que el Verbo dice a Moisés: Yo soy el que soy* (Ex 3,14). De esta forma los que no veneran a Aquél que verdaderamente es, son impíos.

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 Ireneo de Lyon (ca. 130-202). lreneo fue el más grande de los teólogos del segundo siglo y obispo de esa ciudad en Galia. Probablemente nació en Asia Menor, que en aquel tiempo era una de las regiones que tenía el mayor número de cristianos y de iglesias. De muchacho escuchó los sermones de Policarpo, obispo de Esmirna. Fue sucesor de Fotino en la sede episcopal de Lyon, durante el reinado de Marco Aurelio. Envió misioneros a Galia, combatió el gnosticismo, e hizo repetidos viajes a Roma procurando mantener la paz entre esta y Asia, calmando la tormenta suscitada con la condena del obispo Victor (montanista) y de aquellos que no seguían el calendario latino en la celebración de la Pascua. En todo esto, Ireneo se muestra como un profundo conocedor de la iglesia y su testimonio cristiano en sus días. Su experiencia pastoral tanto en el este como en el oeste, en contextos rurales como urbanos, lo califica como uno de los testigos más adecuados del cristianismo de su tiempo.

Ireneo fue un fiel testigo de la tradición. Vivió una generación de por medio de la edad apostólica y conoció a los discípulos de los apóstoles. Su teología es fiel al cristianismo histórico, y su obra escrita representa un intento de defender esa fe de las amenazas de las herejías, especialmente el gnosticismo. Ireneo demuestra ser un teólogo sumamente capaz y un investigador puntilloso de las doctrinas y prácticas de sus adversarios gnósticos. En sus argumentos, el Espíritu Santo ocupa un lugar fundamental. En su obra Exposición de la predicación apostólica, que es un tratado apologético, Ireneo presenta la regla de fe mencionando al Espíritu profético, y lleva sus funciones más allá de las reconocidas en el Antiguo Testamento.

"El tercer punto en la regla de nuestra fe es el Espíritu Santo,

a través de quien los profetas profetizaron, y los padres aprendieron las cosas de Dios, y los justos son guiados en el camino de la rectitud; y quien al final de los siglos se derramó de manera nueva sobre la humanidad en toda la tierra, renovando a los hombres para Díos". La obra del Espíritu fue fundamental en la unción del Hijo Encarnado. Una frase característica de Ireneo es: "El Padre ungió, el Hijo fue ungido, el Espíritu fue la Unción." De este modo, "el Espíritu de Dios descendió sobre Él, [el Espíritu] de Él que había sido prometido por los profetas que lo ungiría,

para que nosotros, recibiendo de la abundancia de su unción,

pudiésemos ser salvos". Tomado del libro La acción del Espíritu Santo en la historia. Pablo Deiros 

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 Leemos en el evangelio que, cuando la madre virgen estaba "desposada con José, antes de que viviesen juntos sea halló que estaba encinta por obra del Espíritu Santo. José su marido, como era justo, y no quería denunciarla, resolvió dejarla secretamente" (Mt 1:18-19). La narración implica una distinción entre desposorio y matrimonio - estando José en aquel tiempo desposado, pero no realmente casado con la madre virgen-. Incluso en el Antiguo Testamento se hace una distinción entre desposorio y matrimonio. Lo primero quedaba señalado por el presente de desposorio (o Mohar, Gn 34:12;Ex 22:17;1Sam 18:25), que el padre, sin embargo, dispensaría en ciertas circunstancias. Desde el momento de su desposorio, la mujer era tratada como si estuviera realmente casada. La unión no podía ser disuelta, excepto por un divorcio formal; la infidelidad era considerada adulterio; y la propiedad de la mujer venía a posesión de su desposado, a no ser que renunciara expresamente a ella (Kidd IX 1). Tomado del libro Usos y costumbres de los judíos en los tiempos de Cristo. Alfred Edersheim

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 El CRISTIANISMO DEL SIGLO II. El testimonio cristiano a comienzos del siglo II estaba bien establecido, especialmente en Asia Menor. Las comunidades cristianas se encontraban bien organizadas e iban madurando rápidamente, mientras su mensaje se esparcía de manera notable no solo dentro de todo el Imperio Romano sino bastante más allá de sus fronteras. Con entusiasmo desbordante, los creyentes confesaban su fe acompañados de señales, prodigios y maravillas obradas por el Espíritu Santo. No obstante, este avance notable no se daba sin dificultades. Problemas de afuera y problemas de adenrro parecían amenazar el desarrollo del testimonio cristiano, si bien estas dificultades fortalecían a los testigos. De afuera comenzaban a sentirse las presiones del Estado romano, que veía en los cristianos a una secta que seguía una superstición extravagante y despreciaba a las religiones reconocidas. De adentro se levantaban voces, disidentes algunas y herejes otras, que ponían en peligro la fe cristiana tal como la habían enseñado los apóstoles de Jesús. Frente a todos estos ataques, los cristianos se vieron forzados a definir cuáles iban a ser sus escrituras sagradas, cuál iba a ser su regla o confesión de fe, cómo iba a definirse su ministerio, qué actitud debían asumir frente al Estado y sus persecuciones, qué disciplina habrían de imponer, y varias otras cuestiones de suma importancia. Como veremos más adelante, de particular preocupación resultaron los movimientos heterodoxos y disidentes, especialmente aquellos que en su fe y su práctica ponían un fuerte énfasis sobre la acción poderosa del Espíritu Santo. No obstante esto, y a pesar de las severas reacciones en contra del montanismo y de sus aparentes exageraciones carismáticas, las iglesias no dejaron de experimentar poderosas manifestaciones del Espíritu Santo. Tampoco se inhibieron en razón de la oposición y ataques de que eran objeto por parte de pensadores paganos o los rumores y calumnias de todo tinte que se circulaban a nivel popular en el Imperio Romano. A riesgo de parecer ridículos en sus prácticas e ingenuos con sus ideas, los cristianos del segundo siglo respondieron con sensibilidad a las operaciones sobrenaturales del Espíritu. Esto está atestiguado por varios de los más destacados padres de la iglesia y otros testimonios a lo largo del siglo Il. Tomado del libro La acción del Espíritu Santo en la historia. Pablo Deiros